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Biblioteca Alertio · Línea Emociones

La calma en los niños: Cómo enseñarla y acompañarla en casa

La calma en los niños: Cómo enseñarla y acompañarla en casa

Enseñar a los niños a encontrar la calma no significa pedirles que repriman su energía, que dejen de moverse o que estén siempre tranquilos. Significa ayudarles a descubrir qué pueden hacer cuando una emoción se hace demasiado grande y necesitan volver poco a poco a un estado de bienestar.

Porque la calma también se aprende.

Entre los 3 y los 8 años, los niños todavía están desarrollando las capacidades que les permiten controlar sus impulsos, esperar, tolerar la frustración y gestionar emociones intensas. Por eso, cuando aparece la rabia, el miedo, la tristeza o la frustración, no podemos esperar que sepan calmarse solos como lo haría un
adulto.


Necesitan que les acompañemos.

La importancia de la co-regulación emocional en casa

Durante los primeros años, el adulto tiene un papel fundamental en ese aprendizaje. Cuando un niño está desbordado, nuestra presencia, nuestro tono de voz y nuestra manera de actuar pueden ayudarle a recuperar poco a poco la tranquilidad. Esto es lo que llamamos co-regulación: al principio, el niño necesita apoyarse en un adulto para regular lo que todavía no sabe regular por sí mismo.

Por eso, en plena rabieta, decir “¡cálmate!” suele servir de poco. En ese momento, su emoción es demasiado intensa y todavía no dispone de las herramientas necesarias para encontrar la calma por sí solo. 

La calma se construye antes.

Se practica en los momentos en los que el niño está tranquilo, receptivo y conectado con nosotros. Es entonces cuando podemos ayudarle a descubrir qué cosas le hacen sentir bien y qué señales aparecen en su cuerpo cuando empieza a relajarse.

¿Cómo reconocer la calma en los niños?

La calma no tiene el mismo aspecto en todos los niños. Puede ser estar tumbado en el sofá, escuchar un cuento, dibujar, jugar tranquilamente, recibir un abrazo, escuchar música o simplemente tener un rato de silencio. Podemos ayudarle a poner palabras a esas sensaciones:

“Mira cómo está ahora tu cuerpo. Estás tranquilo.”

“¿Notas que respiras más despacio?”

“¿Qué cosas te ayudan a sentirte así?"

Estas conversaciones aparentemente sencillas tienen un objetivo importante: que el niño empiece a reconocer cómo se siente la calma desde dentro. 

Así, cuando llegue un momento difícil, tendrá una referencia a la que volver.

Buscar la calma cuando las emociones se desbordan

Una buena pregunta para hacer en familia puede ser:

“Cuando estás muy enfadado, triste o nervioso, ¿qué crees que podría ayudarte a sentir un poquito de calma?”

Quizá responda que quiere un abrazo. O estar solo. O escuchar música, jugar con su peluche, respirar, beber agua o sentarse contigo.

No necesitamos encontrar una única solución. Podemos construir juntos un pequeño repertorio de recursos para esos momentos difíciles.

Y también podemos enseñarle a reconocer cuándo la calma empieza a regresar: cuando su cuerpo se relaja, cuando respira mejor, cuando deja de apretar los puños, cuando puede volver a hablar o cuando empieza a sentir ganas de jugar otra vez.

No se trata de eliminar las emociones intensas. Se trata de que el niño aprenda que puede atravesarlas y que, poco a poco, puede volver a encontrar un lugar de calma.

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La calma no es ausencia de emoción

Quizá este sea el mensaje más importante: estar en calma no significa no sentir.

Un niño puede estar enfadado y necesitar calma. Puede tener miedo y buscar calma. Puede estar triste y necesitar que alguien le ayude a sentirse seguro.

Por eso, enseñar calma no es enseñar a nuestros hijos a reprimir lo que sienten. Es ofrecerles una herramienta para cuidarse cuando lo que sienten es demasiado intenso. Y cuanto antes aprendan a reconocerla, más fácil será que, con el tiempo, puedan empezar a buscarla por sí mismos.

Porque la calma no es conseguir que un niño esté quieto.

Es enseñarle que, incluso cuando sus emociones parecen enormes, siempre puede encontrar poco a poco el camino de vuelta.

Arantza Pérez Gutiérrez Escrito por Arantza Pérez Gutiérrez Psicopedagoga y Logopeda.

Especialista en atención temprana.
Educadora de familias certificada en Disciplina Positiva.

Nº colegiado/a: 26
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